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Sábado, 06 Octubre 2012 15:14

Dios sobre todos, por todos y en todos (1ª Parte)

Escrito por

... un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos» -Efesios 4:1-6

«Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos» -Efesios 4:1-6
 
Si hay algo que el Señor desea que su pueblo entienda hoy es lo mismo que se propuso enseñarle a Israel ayer: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6:4-5). Los rabinos llaman a este pasaje el shema (oye). Mas, ¿qué es lo que Dios quiere que todos escuchemos, creamos y entendamos? (Isaías 43:10). Lo que el Padre anhela que penetre bien en nuestro corazón y entendimiento es que él es uno, así como uno es su nombre y uno su reino.
 
 Al Señor hay que creerle, 
conocerlo y entenderlo como 
él se ha revelado, no como lo 
perciben nuestros sentidos o 
lo razona nuestra mente.
 
¿Qué implicación tiene para nosotros la unicidad de Dios? Al Señor hay que creerle, conocerlo y entenderlo como él se ha revelado, no como lo perciben nuestros sentidos o lo razona nuestra mente. Solo cuando conocemos quién es Dios, podemos saber cómo le adoramos, cómo le tememos y cómo le servimos. Dios le quiso decir a Israel: «Hay muchos que se llaman dioses, en el cielo y en la tierra, pero solo uno creó todas las cosas. Por consiguiente, solo el Creador debe ser reconocido y adorado como Dios». Ese que es Dios único y que está sobre todos, por todos y en todos, solo él es digno de ser amado con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Aunque la deidad se ha revelado en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, Dios es uno. La Biblia revela con énfasis la unicidad de Dios. Jesús dijo: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30). Nota como Pablo nos enseña, que aunque los dones son muchos y variados, los dadores, aunque son tres, es uno mismo. Veamos: 
 
«Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho» (1 Corintios 12:4-7) 
 
Es interesante que haya diversidad de dones, «pero el Espíritu es el mismo» (v. 4); que haya diversidad de ministerios, «pero el Señor es el mismo» (v. 5); y que haya diversidad de operaciones, «pero Dios [el Padre], que hace todas las cosas en todos, es el mismo» (v. 6). Pablo dice: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5). En el pasaje de Efesios 4:1-6 es notable que el Dios que es sobre todos, por todos y en todos, tiene un cuerpo, un Espíritu, una misma esperanza, una vocación, un Señor, una fe, un bautismo, y es Dios, el Padre de todos. La unicidad de la iglesia se logra cuando se entiende en el Espíritu que Dios es uno y que por consiguiente los miembros del cuerpo, aunque somos muchos, somos uno en él. El Dios Único debe ser el todo en todos, y todos deben ser uno en el Dios Único. «Sobre todos» significa que su autoridad y dominio se ejerce en las vidas de los que se someten voluntariamente a él, en el día de su poder (Salmo 110:3). «Por todos» implica que él está a favor y en defensa de todos los que se han sometido a su señorío. «En todos» destaca que él vive y gobierna en los corazones de todos los que creen en su nombre. 
 
 
Llamados a ser una parte del todo 
«Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que 
FUISTEIS LLAMADOS ... solícitos en guardar la unidad del Espíritu 
en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también 
LLAMADOS EN UNA MISMA esperanza de vuestra vocación» 
(Efesios 4:1,3-4). 
 
En la nueva creación que tenemos en nuestro interior, Dios es el todo. La Palabra dice que en esa creación no hay «griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos» (Colosenses 3:11). Es decir que si exprimieras la nueva criatura, todo lo que expele y emite es Cristo, porque él es su todo. La nueva creación no tiene nada de nada, sino todo de Cristo. En el proceso de la santificación, donde Dios está venciendo el poder del pecado en tu vida y en la mía, Dios lo que quiere lograr es ser el todo en nosotros. El objetivo de la obra del Espíritu Santo es que Dios sea el todo en todos. Por tanto, en la obra de la elección, en la justificación, en la santificación, en la predicación, en la oración, en la alabanza, en la adoración, en el servicio, en el compañerismo entre los hermanos, Dios quiere ser el Todo, por lo que el Señor no cesará hasta no lograr ese propósito en nosotros. 
 
Nota el énfasis en este verso: «Todas las cosas las sujetó debajo de sus pies» (1 Corintios 15:27). ¿Qué piensas cuando oyes la palabra «todo»? En una prenda de vestir, por ejemplo, toda la tela utilizada en ella hace «el todo» de una camisa. Desde la tela, el hilo, los botones, las bisuterías que haya en ella, esto hace de la pieza un todo terminado. Ahora, si decimos que Dios es el todo de esa pieza, menos en las mangas, entonces, Dios no es el TODO en esa camisa, porque cuando hablamos de todo, no se exceptúa nada. Así Dios quiere ser el todo en todos. Dios no se conforma con un rinconcito, o cualquier otro lugar, ni con ninguna otra cantidad o posición que no sea el todo. Por eso no se puede decir que Dios haya logrado su propósito en mi vida hasta que no haya sujetado todas mis cosas debajo de sus pies, para que él sea el todo en mí. Así, con esa misma regla, Dios nos ministra a nosotros como individuos, pero también como miembros de su cuerpo, que es la iglesia, porque también en toda nación, tribu, lengua y pueblo, Dios tiene que ser el todo y en todos. 
 
En el libro de Efesios dice: «Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo» (Efesios 4:1-7). Estos versos ilustran muy bien este pensamiento de la unidad a que nos referimos cuando dicen: «un cuerpo». Y yo pregunto: ¿Cuál es el cuerpo? La iglesia es el cuerpo, y como cuerpo es uno solo. También dicen: «y un Espíritu», es decir que hay un cuerpo y hay un Espíritu, una cosa no subsiste sin la otra. Un cuerpo sin espíritu está muerto, por eso Dios le dio a la iglesia su Espíritu, para que pueda vivir (Santiago 2:26). Luego dicen: «una misma esperanza», y fíjate que no se habla en plural, sino de una sola esperanza, no hay dos. Y esa esperanza está asentada en una sola «vocación», a la que hemos sido llamados todos, para estar sujetos a: «un Señor», no a muchos, a uno solo; «una fe», no muchas, una sola; «un bautismo», no muchos, uno solo; «un Dios», no muchos, uno solo; «y Padre de todos», no muchos, es solamente un Padre para todos; «el cual es sobre todos, y por todos, y en todos». ¡Está clarísimo! Y todos esos «unos» forman un todo, el cual es Dios. 
 
No hay nada sobre la tierra 
que pueda instruirnos mejor 
sobre lo que es la iglesia que 
ese conjunto de sistemas 
orgánicos que constituye a un 
ser vivo, como es el cuerpo. 
 
Si nos detenemos en el primer «uno», el cuerpo, tenemos que reconocer que Dios no pudo usar una mejor ilustración para describir lo que es la iglesia. No hay nada sobre la tierra que pueda instruirnos mejor sobre lo que es la iglesia que ese conjunto de sistemas orgánicos que constituye a un ser vivo, como es el cuerpo. Ese organismo es un conjunto de miembros, tal como dice Pablo de la iglesia: «Así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros» (Romanos 12:5). Si la iglesia fuera una organización, como creen algunos, no permanecería, pues para ponerse de acuerdo, de forma contraria al cuerpo, tienen que reunirse y discutir por largas horas, y después de muchos pleitos y discusiones, al final, casi nunca están de acuerdo, por lo que algunos deciden renunciar y no volver jamás a reunirse. Y cuando termina el propósito por el cual se juntaron, la organización está dividida y termina su todo. Mas no pasa así con un cuerpo. Nunca vas a ver al brazo en Australia, ni a los pies andando por Brasil mientras el corazón está en las Bermudas y las manos caminando en Las Vegas. Ni tampoco verás (como digo a veces bromeando) al riñón haciendo cita con el médico, mientras el resto del cuerpo se va al trabajo. No hay tal cosa como esa, pues el cuerpo fue hecho en una unidad. Cuando un miembro del cuerpo se enferma, todo el cuerpo experimenta lo mismo, aunque sea el dedo meñique del pie izquierdo, pues todos sufren. El cuerpo es un todo. 
 
Por eso es tan adecuado el cuerpo como una ilustración de lo que Dios quiere representar en esta enseñanza a la iglesia. Vemos, en este tiempo, que la medicina ha tratado de hacer los trasplantes de órganos, y aunque ha habido ciertos logros relativos, son más los fracasos que el éxito que han obtenido. A veces resulta bien transplantar un miembro de alguien en el cuerpo de otro, pero es igual que si no funcionara, porque al que le ponen un riñón de otra persona, por ejemplo, hay que estarle dando constantemente tantos medicamentos, esmerarse con tantos cuidados y limitarse en tantas cosas (para velar para que no ocurra una complicación), que la calidad de vida es tan pobre en la mayoría de los casos, que es casi igual que estar muerto. Cualquier médico puede corroborar lo que digo y decir aún más sobre lo complicado que es todo eso, desde el proceso inicial, en la selección del órgano, hasta el proceso final, donde se toma el riesgo de que el cuerpo del enfermo rechace el órgano transplantado. Rebasados esos problemas, todavía no se puede garantizar que funcione. Reconocemos que es una bendición de Dios permitir un medio para alargarle la vida a una persona pero lamentablemente nada de este mundo es algo perfecto. El cuerpo se hizo para que las partes individuales formen un todo y funcionen como una totalidad. Por eso, los mejores riñones que debo tener son los dos que Dios puso en mi cuerpo, porque él los hizo perfectos y son los únicos que necesita mi organismo, pues ningún otro puede ocupar sus lugares ni hacer su función como ellos lo hacen. 
 
Nota que en el contexto de los versículos de Efesios 4, Dios estaba hablando de permanecer y ser solícitos, diligentes, activos, rápidos en guardar la unidad, para luego empezar a detallar uno y cada una de las cosas que conforman el llamado de la vocación cristiana (v. 3). En 1 Corintios 12:12, refiriéndose al cuerpo, dice: «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo...» Es decir, que a pesar de que el cuerpo tiene muchos miembros, es uno solo. Y aunque cada miembro tiene diferentes funciones e inclusive algunos son más de uno en el cuerpo, como los brazos, los ojos, los oídos, etc., aún así son uno. Por ejemplo, yo tengo cinco dedos en cada mano, pero aunque son muchos no dejan de ser una sola cosa: una mano. Y esa mano, a su vez, es parte del cuerpo, pero no es el cuerpo, y separada de él no puede vivir, se seca. 
 
Juan Radhamés Fernández

El pastor Fernández ha realizado su ministerio radial y televisivo “Voz de Restauración”, trayendo mensajes de restauración, consolación y exhortación al pueblo de Dios, localmente, en el área tri-estatal (Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut), y alrededor del mundo, en los países hispanohablantes. De igual manera, en su misión apostólica, ha sido enviado por Dios a ministrar la Palabra del Reino de los Cielos a iglesias y ministerios a lo largo de Estados Unidos, el Caribe, Sur América y Europa.

Comenzó su ministerio pastoral en 1979, y desde 1986, junto con un gobierno de 17 ancianos establecidos por Dios, pastorea el ministerio “El Amanecer de la Esperanza”, en el condado del Bronx, en la ciudad de Nueva York.

Asimismo, es autor de tres libros donde se han plasmado las experiencias, enseñanzas y revelaciones que Dios, a través de su trato ha tenido con él, tanto en el área personal como en su vida pastoral y comunitaria. Sus obras: “Manual de la Vida en el Espíritu”,  “Para que Dios sea el Todo en todos” y "La Honra del Ministerio".

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