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Miércoles, 08 Noviembre 2017 12:14

El problema de la industria cristiana

  • Esta nueva industria se está creando a imagen y semejanza de cosas que no tienen nada que ver con los valores del evangelio
Escrito por Radio Televisión Vida

Hace unas semanas la revista Vanity Fair se hacía eco en un artículo de una noticia que, a pesar de la repercusión que va a tener para el pueblo evangélico en España, ha pasado totalmente desapercibida. Es muy probable que los propios implicados no quieran que se difundan mucho sus intenciones. En realidad, ni siquiera sé por qué un medio como Vanity Fair ha hablado sobre esto junto a anuncios de maquillaje y artículos sobre las mejor vestidas de Hollywood. [Advierto que, a partir de aquí, voy a hablar de cosas incómodas.


Si alguien quiere huir de ellas porque es de ofensa fácil, está a tiempo de buscar una lectura más acorde con su estado de ánimo o con su punto de vista. Pero si alguien sigue queriendo enterarse un poco de lo que está pasando, me puede acompañar].


La cuestión es que Sony, la productora cinematográfica (que en los últimos años ha estrenado superproducciones como la nueva Cazafantasmas o Spiderman: Home Coming), ha decidido crear una subdivisión dedicada a producir películas cristianas. Os lo explico: no se trata de grandes producciones como los péplum de los años 50 y 60, ni de emular grandes películas de la historia del cine como Los diez mandamientos o Ben Hur, obras de directores y guionistas que utilizaban la cultura bíblica común para crear obras visuales de gran valor estético. No, lo que pretende hacer Sony aquí es adoptar a la gallina de los huevos de oro. En 2003 Alex Kendrick, pastor de una iglesia bautista de Albany, Georgia, recaudó 20.000 dólares en ofrendas para escribir, dirigir y producir una película de trasfondo cristiano para su congregación.


Tuvieron tanto éxito que fundaron Sherwood Pictures, una de las productoras de cine independiente más exitosas de los últimos veinte años. La clave del éxito está en producir películas de muy bajo presupuesto y un marcado carácter cristiano evangélico estadounidense que se difundirán en iglesias, centros y escuelas cristianas obteniendo enormes recaudaciones. Los gastos de publicidad son mínimos, los espectadores no exigen calidad y tienen un público fiel. La clave de todo esto reside en que a Sony le da absolutamente igual lo que cuenten o pretendan enseñar esas películas: ellos solo acuden al llamado de una industria muy golosa.


Ha ocurrido lo mismo desde el punto de vista editorial con Harper Collins, que hace unos años, sin tener ninguna motivación o compromiso religioso detrás, creó una subdivisión de literatura cristiana para alcanzar a un porcentaje de la población que, si se le vende lo que buscan, va a comprar sus productos. Hay negocio en el pueblo evangélico, y se están empezando a dar cuenta, pero no es algo de lo que deberíamos sentirnos orgullosos. En el caso de las películas, es obvio que se trata de una inteligente jugada de Sony. Los valores morales o la fe quedan en un segundo plano: la realidad es que los beneficios de las grandes superproducciones son cada vez más escasos, porque cada vez cuestan más de producir. Para enganchar a los espectadores en este siglo XXI las películas tienen que ser espectaculares, y eso cuesta su buen dinero.


En películas como la nueva de Spiderman, a pesar de su calidad, el margen de beneficio no es demasiado grande: por mucho que recauden, también costaron mucho de hacer. Sin embargo, una película como A prueba de fuego (2008), que costó medio millón de dólares, recaudó 33 millones, lo que supone un margen de beneficio difícil de ignorar. Si alguien intenta ver en esto un nuevo interés por el cristianismo o por el evangelio dentro de la industria cultural de Estados Unidos, se equivoca del todo. Se trata exclusivamente del descubrimiento y la explotación de un nuevo mercado, y de la creación de una nueva industria.


Lo desconcertante y ciertamente incómodo de esta nueva industria es que se está creando a imagen y semejanza de cosas que no tienen nada que ver con los valores del evangelio. Hay diferentes estilos de industrias culturales. Las hay que apelan a cuestiones más elevadas o trascendentales, a la creación de cultura como motor de la cohesión social y como uno de los medios principales en que avanzan las sociedades humanas. Luego, dentro de esos conceptos elevados, muchas veces defienden cosas que no están necesariamente cerca de la verdad de Dios, pero eso es otro tema.


También están las industrias culturales que derivan más hacia formas de ocio o entretenimiento que tienen sus propias desviaciones, pero la mayor parte del tiempo no tienen más peligro que ser una pérdida de tiempo. Sin embargo, también están ese otro tipo de industrias que no aspiran a nada elevado, y ni tan siquiera quieren entretener, sino que aprovechan una especie de veta mental de sus acólitos, un patrón común de consumo que cuanto más cerca esté de la adicción más beneficios genera.


Por desgracia, esta industria del cine cristiano de la que hablo tiene incómodos puntos en común con esta última clase de industrias, entre las que se podrían incluir a la de la literatura romántica y la pornografía. No digo que sean lo mismo, pero tienen puntos en común: 1) se condiciona la calidad a la cantidad; 2) bajo presupuesto y mucho margen de beneficio; 3) conseguir consumidores antes que espectadores. Lo explico: Las tres industrias buscan más consumidores que espectadores. Ofrecen cosas (romance, sexo, experiencias de fe) que no se pueden disfrutar realmente de forma vicaria: si no las experimentas en persona, no te sirven para la vida real. Sin embargo, tienen apariencia de vida real. En todos los casos en el cerebro se activan los mecanismos de placer y recompensa, junto con la liberación de las sustancias que provocan adicción.


No, insisto: no son lo mismo. Lo sé. Pero funcionan de forma muy parecida. Conozco a gente muy enganchada a este tipo de películas cristianas que te hablan de ellas y las defienden en el mismo tono en que he conocido a mujeres enganchadas a la literatura romántica. No se percatan de que, desde un punto de vista estético y artístico, son productos de bajísima calidad y (como pretende hacer Sony) que se producen como churros porque su única intención es tener contento y ocupado al público que les paga.


Sin embargo, los cristianos que no están acostumbrados a ver estas películas cristianas son incapaces de disfrutarlas. Ocurre lo mismo con quien no está acostumbrado a la pornografía o a la literatura romántica. Una cosa es que haya películas que hablen de la experiencia de la fe, o que propongan interesantes cuestiones teológicas y vitales que tengan que ver con el evangelio. Si os dais un paseo por el blog de José de Segovia, o por su página de Entrelíneas, donde también escriben otros autores, podéis encontrar decenas de casos en que eso es posible. Otra cosa muy diferente es esta nueva industria. Y creo que es peligroso que la tomemos como buena, o como habitual, y que la potenciemos entre nuestros grupos e iglesias.


Primero, porque estaremos alimentando a una industria con intenciones que no van más allá del hacer negocio; segundo, porque Dios nos hizo seres sensibles a la experiencia estética, y estas películas carecen de ello (y eso es independiente de que nos gusten o no. El gusto no tiene que ver con la profesionalidad, la calidad y la intención artística). Y, tercero, porque da la apariencia de que estamos haciendo algo que favorece nuestra fe, pero no lo hace.


Yo he visto unas cuantas, quizá las más famosas, y he de reconocer que me generan dudas una vez superado el impacto de la pura emocionalidad. Primero, se realizan exclusivamente desde un punto de vista de la cultura evangélica estadounidense de clase media y, preferentemente, del Medio Oeste. De hecho, se generan para consumirlas allí, y aquel es su mercado principal. El que estén traducidas al castellano no es más que intentar sacarle algunos dólares más de rendimiento. No es malo que existan esas películas, pero sí que se impongan como modelo a seguir. Lleva décadas ocurriendo con los libros y aún no nos hemos dado cuenta. Pero el mayor problema que yo le veo tiene que ver con la experiencia de fe.


En las películas cristianas que yo he visto (o que me han obligado a ver) se asiste al espectáculo de una experiencia de fe que muchas veces, para que encaje en el guion, se modifica ligeramente y se aleja de la realidad de la que nos habla la Biblia. Muchas veces la fe nos lleva por caminos desagradables o experiencias desgarradoras que no tendrán una feliz resolución en los próximos 90 minutos. Muchas veces no hay esa clase de finales felices (o al menos no en esta vida), pero esa idea resulta completamente inapropiada para una película que lo que busca es hacer salir al espectador con la sensación de triunfo y de victoria que generará esa respuesta de placer y recompensa en su cerebro y que hará que regrese para ver la próxima película.


La vida real, la auténtica experiencia de fe, la obra del reino de Dios en nosotros, es otra cosa muy diferente a lo que se nos cuenta ahí. Por esa razón resulta completamente inútiles como medio de evangelización, como las propias productoras admiten. No son material evangelístico y no están producidas como tal (y quien pretenda que lo son se llevará una gran desilusión al descubrir que no funcionan). Son productos fabricados para suplir esa necesidad de vivir experiencias de fe artificiales en cierta clase de cristianos.


A pesar de todo esto, sé que hay gente que las ve, y las defiende: no estoy en contra de eso, siempre y cuando se haga con mesura, con buena conciencia y sin ninguna clase de imposición. Si se respeta que no es más que un producto de consumo y que hay cristianos a quienes no les gusta, si se omite intentar evangelizar a través de ellas, si se deja de creer que su existencia se debe a que los señores de Hollywood se están “empezando a dejar seducir por el cristianismo” o cosas así, no habrá problemas. La triste realidad de esta industria abre el melón de un problema serio que llevamos arrastrando en el pueblo evangélico décadas. Desde el principio, hubo grupos que se opusieron al cinematógrafo y a toda la industria de Hollywood por su lógica diferencia de lo que era la moral y los valores. Pero en vez de resolver el problema fortaleciendo la fe y la convicción de los creyentes para que pudieran enfrentarse a cualquier cuestión sin flaquear, se optó por empequeñecer la fe prohibiendo a los cristianos ir al cine. Entre otras muchas cosas.


Aunque esos viejos complejos, con los años, se hayan ido suavizando, son el germen de que haya grupos muy conservadores que opinen que la mejor manera de solucionar el viejo dilema no es haciendo que los creyentes sean maduros y sabios, sino imitando la industria para enfrentarse al dilema no desde la fe, sino desde el mercado. Así, se le añade la etiqueta de cristiano a cualquier producto y se vende como una nueva forma de kosher o hallal para que los creyentes puedan consumirlo sin miedo… y sin necesidad de usar el criterio propio. Nada de esto es malo de por sí: ni el cine cristiano, ni la música cristiana… siempre y cuando se usen bien. Y no se ha estado haciendo.


Creo que Dios, cuando nos hizo a su imagen y semejanza, nos hizo sensibles al arte y a la belleza; solo hay que ver en qué planeta vivimos para entenderlo. Como seres creados por un Dios artesano y creativo, somos igualmente artesanos y creativos, y en la creación encontramos una fuente primigenia de bienestar para nuestras almas. Quienes escriban, pinten, cocinen o hagan punto, por ejemplo, lo saben bien. El arte y la cultura también quedaron corrompidos con la caída (se ve claramente en Babel), y hay una dimensión del evangelio que también busca restaurar esa cultura humana a la imagen de Dios. Sin embargo, no hay nada en esta industria cultural cristiana que he explicado que apele a eso. Más bien, al contrario: no busca reflejar a Dios al mundo, sino retroalimentar a los ya convencidos y seguir conservándolos bien guardados dentro de las iglesias, donde los tienen localizados.


En cambio, la cultura redimida en la que creo me obliga a ser cada vez mejor profesional. Me obliga a buscar la excelencia y la verdad de la experiencia estética tal y como Dios la imaginó en un principio. La solución al conflicto no reside en crear una industria paralela. No reside en una respuesta desde el mercado, porque esa es una respuesta que carece del todo de Dios. Creo que debemos entender la profundidad de la creación y de su necesidad con tanta intensidad que busquemos el modo de ser creadores en medio de los otros creadores, y que nos abramos un hueco por derecho propio para hablar de la vida y de la luz.


Desde mi experiencia, puedo decir que cuando uno es honesto y auténtico (cualidades que solo se pueden alimentar desde Cristo), es capaz de crear cosas que transforman el mundo y crean decenas de oportunidades de hablar del evangelio. Cuando se hace a la inversa, buscando el producto y no el contenido, el evangelismo se queda en un triste simulacro. Y nos hemos acostumbrado a ese simulacro, y nos hemos convencido de que con él es suficiente, pero está lejos de la amplia realidad que Dios nos ofrece en cambio.


FUENTE: Protestante Digital (08-11-2017)

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